Saint Seiya CDZ. Caballeros del zodiaco
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Gigantomachia

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Portada del Volúmen 1 de Gigantomachia

Volúmen 1: Mei no Shô (Capítulo de Mei)


Resurrección

Terremotos hacen a la isla temblar de forma tenebrosa, como si se estuviera expresando el odio acumulado de los Gigas sobre el Etna, Seiya está enterrado sobre las cenizas recientes que caen en la ladera del volcán. Fue lanzado contra el lateral de la montaña por el impacto del cuerpo de Agrios, la Fuerza Bruta. La sangre que recorre su frente es absorbida rápidamente por el suelo esponjoso.

- Que increíble es el poder de los Gigas – Piensa el Santo, percibiendo una fisura en su Cloth de Pegaso, en la altura del pecho – Así que la historia de que todos los Santos fueron derrotados no era mentira, no...

Seiya sabe que solo alguien capaz de exteriorizar su Cosmo, alguien que domine la técnica de lucha capaz de destruir átomos, sería capaz de dañar su traje sagrado, más resistente que cualquier metal del universo.

- Ahora solamente a dónde has llegado, Pegaso – Agrios se aproxima al joven en su Adamas azul, pisando las cenizas lentamente – Si no hubieses sido detenido por la montaña, habrías cruzado el mediterráneo hasta África.

- Exageras- dice Seiya, irguiéndose. Su rostro está lleno de hollín.

- Todavía puedes hablar tonterías después de recibir mi Crag Press? Estoy impresionado.

Seiya y Agrios se enfrentan sobre el declive resbaladizo, a diez metros el uno del otro. Cuando ningún ataque de lucha o de artes marciales podría ser detenido a esa distancia, para los Santos, que luchan a velocidades supersónicas, ese es un espacio mínimo.

- RYÛSEI KEN!! (Puño Meteoro)
- Es inútil!! – Sonríe Agrios, mientras los dos se cruzan en el aire, envueltos en ondas de impacto – Para mí, eso es como una picada de mosquito.

De hecho, en ese momento es alcanzado por centenares de meteoros, el Giga no hace ninguna reacción, permaneciendo inmóvil todo el tiempo.

- Cómo es posible?! – Piensa Seiya, perplejo – Por más que su Adamas sea resistente, no existe nada que no pueda ser destruido por...
- No tienes como vencer – Dice el gigante, interrumpiendo los pensamientos del Santo. – Confórmate con la derrota, Pegaso. Es el fin!!

Y una vez más, Agrios toca el suelo con una de sus manos, curvándose para ganar impulso. Para ese terrible gigante, artimañas son innecesarias. Le basta lanzarse sobre el oponente con su durísima armadura y el peso sobrehumano de su cuerpo.

- CRAG PRESS!! (Presión de Risco)

El suelo parece explotar con el avance de Agrios levantando una enorme columna de cenizas. Seiya no consigue desviarlo y el gigante agarra sus pies como en un juego de fútbol americano, lanzando al Santo sobre el suelo con todo el peso de su cuerpo a una velocidad avasalladora.

- AHH!! – Seiya lanza involuntariamente un chorro de sangre, formando una especie de neblina rojiza en el aire. Su nuca alcanza el suelo con un desplome sordo.

Agrios contempla por unos segundos la eficacia de su técnica, soltando lentamente el cuerpo inmóvil de Seiya, con una expresión satisfecha de haber cumplido el trabajo.

- Será que le quebré todos los huesos? – Se pregunta, mirando con desprecio a Seiya, que está prácticamente enterrado en las cenizas, mucho más golpeado que cuando fue lanzado por el gigante hace poco. El cuerpo del joven absorbió toda la energía destructiva de la armadura y de la impresionante masa corporal de Agrios.
- Podría matarlo si quisiese – Continua, irguiendo con una sola mano el cuerpo de Seiya, ya envuelto en cenizas que se acumulan incansablemente. – Pero no habría tenido sentido traer a los Santos al Etna. Sin mencionar que, si lo matase, tendría que escuchar los pesados sermones de Thoas y del Maestro Enkelados. Entonces, me haces un favor? – su voz se torna en un tono malicioso – Permanece vivo solo un poco más. Después de acabar nuestro asunto, yo termino de matarte, de acuerdo?

Un rayo de luz se esparce por el aire repentinamente. Agrios es tomado por sorpresa por el disparo del meteoro de Seiya, que hasta ahora parecía moribundo. Los enemigos vuelven a tomar distancia entre sí, mientras un viento fuerte arrastra las cenizas del suelo.

- Se liga! Está diciendo cosas sin sentido ahí... provoca al Santo.
- Mocoso! – Agrios tiembla de rabia, anda tambaleando un poco por causa del golpe – Tú has perdido esto! – Su casco de Adamas fue arrancado, revelando un rostro de rasgos altivos y marcantes, que contrasta con su forma grosera de ser.
- Perdiste la cabeza junto con el casco eh? – continua Seiya – Ocurre que también perdí la paciencia contigo.
- Este es el Cosmo de Pegaso? – El gigante parece darse cuenta por primera vez del enorme poder del Santo.
- No voy a morir en un lugar de estos – dice Seiya.
- Me levanto cada vez que caigo! Y al final voy a derrotarte.
- Ya dije que no levantaras más la nariz! – Una tercera vez Agrios pone la mano sobre el piso. Gritando, cuando sus ojos desbordan de odio encara a Seiya fijamente:
- Enciéndete, mi Cosmo... Enciéndete! CRAG PRESS!! (Presión de Risco)

Y nuevamente el suelo parece explotar. Los dos chocan en el aire en un sonido pesado. Que pone fin al movimiento. Una cantidad tremenda de sangre tiñe el suelo cubierto de cenizas. Agrios tiene un enorme corte en la frente y gime de dolor con su voz gutural.

- Un Santo nunca recibe el mismo golpe dos veces – dice Seiya, interceptando con su por una tentativa de ataque del gigante
- Ahora tu derrotaste el Crag Press?
- Mi Cosmo me lo ha mostrado
Seiya suspende por la espalda el cuerpo tambaleante de Agrios. Su Cosmo provoca una explosión avasalladora. Proyectando al joven en un salto, cuando vuela por el cielo, llevando consigo al Giga en un flujo de sangre.

- No es posible... Mi cuerpo enorme? Un insignificante Santo...!

Posee el aura alada de Pegaso, Seiya desciende en dirección a la tierra, haciendo que su enemigo caiga de cabeza al suelo.

- PEGASUS ROLLING CRASH!! (Choque Giratorio de Pegaso) – Con eso una estrella colosal cae del cielo. El impacto estremece la tierra con la fuerza comparable a un choque de un asteroide, abriendo un enorme cráter en la montaña. La figura de Seiya emerge de una nube de cenizas gigantesca.

El Santo tambalea ligeramente y dobla su rodilla. “Eso estuvo cerca”, dice para sí mismo. Seiya está en un estado de excitación tan grande que no sabe si reír o caerse para atrás del susto. Él está consciente de que no habría vencido la lucha si no hubiese arriesgado su propia vida. Tener la habilidad de dominar la esencia de destrucción significa que cada batalla de un Santo contra un oponente a su altura es una visita a los dominios de la muerte.

Seiya no siente más el Cosmo de Agrios, hace poco tan agresivo y brutal.

- Dónde está Shun? O Mei...? – camina moviéndose con dificultad, parte en busca del Cosmo de sus compañeros.

La cadena estelar tiembla en la penumbra, formando una galaxia espiralada.

- Esta es mi Nebulosa de Andrómeda – Repite Shun, envuelto por una barrera intraspasable – Ahora no tienes manera de acercarte siquiera un paso hacia mí – Dice, encarando a Thoas, el Relámpago Veloz. El arma se mueve con vida propia, levantando vigorosamente las cenizas del suelo.
- No me digas – La confianza del gigante permanece imbatible.
- Si pretendes atravesar la cadena, recuerda que pondrás en riesgo tu vida – Avisa Shun. Sin embargo, Thoas de todas maneras lanza un golpe rápido como una lanza eléctrica.
- Protégeme Cadena Circular!

El metal gira en el aire como ondas agitadas, repeliendo con éxito el relámpago. Thoas se retira después de dos embestidas de la cadena.

- En ese caso, entonces... – El gigante se mueve alrededor de Shun con una velocidad varias veces superior a la del sonido, cercando al Santo con innumerables imágenes de sí mismo. Es imposible seguir con los ojos ese movimiento supersónico y Shun en ese momento no consigue identificar la verdadera posición de Thoas.

Pero la Cadena de Andrómeda es inmune a ilusiones de ese tipo. Cuando el gigante intenta lanzar un golpe en dirección al Santo, ella localiza precisamente su posición y lo alcanza con una explosión que hace que la ceniza volcánica acumulada se levante por el aire. Con el choque, la máscara de Adamas de Thoas cae al suelo.

- Te dije que no podrías acercarte a mí.

- Shun de Andrómeda permanece intocable en el campo de batalla rodeado por las cenizas. Su “tropa” – la cadena – Se mantiene en formación, formando una nube de estrellas.
- Pues bien – Thoas levanta sus manos hacia su rostro recién descubierto – Tienes motivos para estar tan confiado. Tu cadena tiene una capacidad impresionante – Continua, alineando sus largos cabellos negros – Realmente no ofreces ninguna brecha, sirve como ojos, oídos... más que eso, vale más que los cinco o seis sentidos, debe percibir al enemigo a través de aquello que ustedes, Guerreros Sagrados, llaman Cosmo.
- Las ilusiones no funcionan contra ella – completa Shun – A medida que mi Cosmo aumenta, la cadena se vuelve más y más capaz de repeler cualquier ataque, por más rápido que sea.
- Entiendo – La voz de Thoas mantiene una calma misteriosa – La Nebulosa de Andrómeda es una mezcla integrada de defensa y ataque.
- Vamos a acabar con esta batalla sin sentido – dice Shun, como siempre escucha a su instinto pacifista – No quiero golpear a nadie, aunque sea un enemigo.

El gigante no cree lo que está oyendo:

- Tu no puedes estar hablando en serio. Si te estás burlando de mí, tienes una personalidad bastante maliciosa detrás de ese rostro de doncella. Pero Shun reafirma su posición:

- Golpear y matar sin motivo alguno... yo no consigo hacer eso! – Sus palabras son una declaración de franqueza, algo impensable para un Santo que tiene la guerra como oficio. - Sin motivo? Hummm – Thoas piensa por un instante – Osea, si tuvieras motivos, matarías al enemigo. Entonces no consigues luchar sin el estimulo de alguien? Necesitas un empujoncito, es eso? Tu auto-afirmación tiene que ser basada por palabras ajenas?
- ...Bien...
- Eres cobarde y mediocre. Me das asco – Su voz se vuelve repentinamente dura y seca.
- Yo ya lo dije: Santos y Gigas no necesitan de preguntas de honor o grandes misiones para enfrentarse hasta la muerte. No es necesario decir nada, la lucha es librada en nombre de la justicia.
- Entonces debemos luchar por luchar, sin razón alguna? Como los demonios o los Rakshasa?
- Pretendes disculpar demasiado tus actos, Andrómeda. No estoy interesado en tus lamentos y niñadas. Tu letanía llena de compasión golpea mi espíritu.

Shun siente que el espíritu de Thoas se fortalece. Como una espada japonesa que gana brillo y belleza en las manos de un artesano, el Cosmo del gigante se vuelve cada vez más afilado y límpido. El artesano que fabrica la espada no tiene miedo de producir instrumentos de muerte, ni tampoco nutre intenciones homicidas cuando perfecciona una Katana. Las guerras, a su vez, no pasan de combates entre armas y escudos – desapasionadas, completamente desprovistas de sentimientos.

- Eso es fruto de la humillación a la que me expusiste. Thoas, sobre el propio Cosmo creciente, inesperadamente golpea a Shun.

Una herida, luego dos. Un hilo de sangre brota de los brazos del Santo, mas la hemorragia va volviéndose seria a medida que nuevos cortes aparecen en todo su cuerpo.

- Cómo es posible? Por que la barrera impenetrable de la cadena no funciona?!
- No te sorprendas tanto, muchacho – Thoas apunta su dedo en dirección a Shun, haciendo surgir un brillo agudo y un sangrado.

El Santo está siendo atacado por ondas de impacto, finas como agujas, lanzadas por la mano de Thoas como proyectiles. El gigante y es su propia arma poderosísima y sus ataques atraviesan el cuerpo de Shun sin necesidad de tocarlo.

- Tu dices que la Cadena de Andrómeda te defiende de los ataques enemigos conforme su Cosmo se eleva... – Explica el monstruo, con satisfacción – Basta, entonces, elevar mi Cosmo mas que el suyo, lanzando un ataque a una velocidad superior al instinto de defensa de la cadena.

Shun percibe que la sangre no se detiene, chorreando continuamente de las heridas. Así mismo del menor corte, minúsculo como agujero de aguja, sangra de una manera que asusta.

- Es el STIGMA (Estigma) – Continua el Giga, acompañando los pensamientos del Santo – No es una herida común. Un corte provocado por mi jamás cierra.
- Pero cómo...?!
- No es difícil para alguien que domina completamente los flujos de sangre y energía vital del ser humano. Esa técnica fue desarrollada originalmente para que podamos ofrecer a nuestro dios cada gota de sangre de los sacrificios hechos en su nombre.

Uno de los soldados rasos asesinados en el Santuario en la noche anterior había sido muerto por ese ataque. Fatal hasta para los Santos, que son de carne y hueso y mueren al perder un tercio de la sangre de su cuerpo.

- Niño, en pocos minutos estarás muerto en medio de dolores “suaves y placenteros” – Una pausa y el Giga habla para si mismo – Entre nos, a mi no me gustan esas palabras.

Shun cae de rodillas, perdiendo las esperanzas. Thoas se acerca y le dice, con una voz aparentemente cariñosa:

- Vamos a acabar con esta batalla sin sentido.
- El gigante es pura burla. Su próximo paso es interrumpido por una temible reacción de la cadena.
- Eres un mal perdedor. Su cadena perdió toda la fuerza.
- No me gusta luchar. La verdad lo detesto – Shun levanta el rostro, encarando a Thoas mientras sus manos agarran las cenizas en el suelo – Es como dices, yo vivo atormentándome, vivo en duda sobre lo que hago.

El Giga percibe el Cosmo de Andrómeda, creciendo rápidamente aunque el muchacho esté casi muerto, con poca sangre en las venas.

- Mas yo aprendí a luchar – Shun continua, intentando mantener la firmeza en su voz a pesar que la flaqueza domina su cuerpo – Tengo que luchar, ignorando el sufrimiento que eso me causa. Yo lucho. No soy mas un bebe llorón – El Santo usa todas sus energías para tomar su posición de lucha, colocando su cadena enfrente.
- Entonces, aunque estás condenado a morir por el Stigma, no admites tu derrota. Por lo menos no mientras la cadena exista.
- Vamos, Cadena Angular!

El arma avanza hacia el oponente dejando un rastro en zigzag, acompañada de impulsos eléctricos. Thoas reacciona gritando:

- THUNDER WAVE!! (Onda de Trueno)

Chispas se proyectan en el aire. El gigante detiene la cadena con sus manos, ignorando completamente la electricidad que emana de ella.

- No puedo creerlo! Inmovilizaste la cadena? – Shun no consigue creer lo que ve.
- Entonces este es el poder del ataque de la cadena... capaz de encontrar al enemigo rompiendo el espacio? – Nuevamente Thoas se dirige al Santo de Andrómeda con una serenidad imbatible – Pero, aún cuando es capaz de alcanzar a los enemigos a años-luz de distancia, jamás alcanzaría al “Relámpago Veloz” a esta velocidad. Con ese ataque, mi muchacho, abreviaste aún más el poco tiempo que te queda.

Thoas agita la cadena, haciendo que Shun tambalee, a pesar que la presión aplicada es mínima. La presión sanguínea del muchacho cae progresivamente, haciendo como que el flujo de la hemorragia causada por el Stigma comience a disminuir por pocos. Las extremidades y sus dedos están blanquecidas y hormigueando, sin fuerzas.

- Aunque me gustaría saber... – El Giga parece divertirse con el sufrimiento de Shun – Al final eres fuerte o débil, Andrómeda? En algunos momentos demuestras la fragilidad de una doncella, en otros la bravura digna de un Santo. Tu espíritu es demasiado inestable, es enmarañadamente torpe y, francamente, incomprensible para mi – Hace una pausa como si esperase una respuesta – No tiene más fuerzas para hablar... voy a matarlo entonces, aplastando su cadena, destruyendo así su ultima esperanza.

Thoas cruza los brazos, asumiendo por primera vez una posición de combate.

- Recibe entonces la técnica más poderosa de Thoas...

Shun aún tiene fuerzas para gritar:

- Protégeme, Cadena Circular!
- AVENGER SHOT!! (Disparo Vengador) – Un rayo de luz rasga una nube de estrellas. El impacto del puño de Thoas, cien veces más poderoso que el ataque de sus dedos, destroza la nebulosa. Para desesperación de Shun, la Cadena de Andrómeda está en el suelo, sin reaccionar.
- Ahora eres un pájaro sin alas – Se burla el gigante, preparándose para un último golpe, ciertamente fatal, ya que Shun no tiene más cadena para defenderse.

Segundos antes que Thoas lance el ataque final, el gigante percibe algo extraño en sus pies. Sin que se haya dado cuenta, la superficie ennegrecida de la montaña adquirió una tenue cobertura blanca. Una sensación helada.

- Que es eso, nieva en pleno verano Siciliano? – Se pregunta, estupefacto.

La helada va cubriendo la montaña. El frío sobre el suelo. Cristales de hielo cada vez mayores e más numerosos se acumulan por todas partes.

- Eso no es una ilusión – Una voz se anticipa al surgimiento de una figura imponente de un joven rubio vistiendo una Cloth blanca. Su presencia emana un brillo gélido sobre la montaña de fuego, ahora en plena tempestad de nieve.
- Quién eres tu?
- Hyôga! – Es Shun quien responde la pregunta del gigante.
- Estás bien, Shun? – Pregunta, sin mirar a su compañero caído, en cambio encara a Thoas fijamente. El Giga percibe por el traje sagrado del joven que se trata de otro Santo de Athena.

A pesar del nombre japonés. Hyôga tiene ojos azules, por ser hijo de una rusa, Natassia, y de un japonés, Mitsumasa Kido. Es uno más de los hijos no reconocidos del viejo, uno de los cien medio-hermanos enviados a los más diversos lugares del mundo para volverse Santos. Uno de los diez sobrevivientes de aquel entrenamiento mortal.

- Soy Hyôga de la constelación del Cisne

Su traje sagrado es una Cloth de hielo, originaria de las eternas gélidas árticas. Tiene alas esculpidas en bajorrelieve en la región pectoral, y una mascara con adornos en forma de plumas. El conjunto sinuoso transmite una impresión de suavidad, reflejando en el aire el nombre del Santo. Hyôga parece salido de una novela europea. Ya no es más un niño, pero aún no es un adolescente. Posee un brillo peculiar, raramente encontrado en jóvenes de su edad, que le confiere un aire de nobleza. Sus ojos de un azul limpio es lo que más destaca su rostro, que parece rechazar la intimidación ajena, al mismo tiempo que expresa soledad y nostalgia.

- Entonces la caballería llegó retrasada... Por lo visto dominas la energía del frió, Cisne. Interesante.
- Tengo que conversar contigo? – Hyôga no está interesado en dar cualquier explicación al gigante.
- Que chico antipático... Mejor así!! – Thoas decide partir directamente al ataque – Muere junto con Andrómeda: AVENGER SHOT!! (Disparo Vengador)

El más poderoso golpe de Thoas parece avanzar sobre Hyôga rompiendo la cortina de nieve, pero pasa de largo por el Santo y corta apenas el aire.

- Cristales de hielo...? – El “Relámpago Veloz” titubea.
- Eso es mi KAL´TSO (Circulo de Hielo), o Círculo de Hielo del Cisne. No notas que tus piernas están congeladas?

El gigante no entiende como pudo ocurrir eso tan rápidamente. Los círculos de cristal de hielo aumentan en cantidad gradualmente, enfriando cada vez más las piernas de Thoas sobre el Adamas. Cristales de hielo de los más variados tamaños acechan como ilusiones en campo nevado, en pleno verano de Sicilia.

- Adiós, Giga.

Qué es energía... o “Ki” del frió? La temperatura es una medida de agitación molecular. Cuando más intensa es la agitación las moléculas en una sustancia, mayor a su temperatura, y cuando menos intensa, menor su temperatura. La relación entre calor y frió es de dinámica y estática. Si la técnica de lucha que destruye átomos es dinámica, ocurriendo a través del calor, aquella que interrumpe el movimiento es la técnica de inmovilización, que actúa por el frió.

- DIAMOND DUST!! (Polvo de Diamante)

Hyôga de Cisne es uno de los pocos Santos que dominan la técnica de hielo. Su golpe poderoso hace que el Cosmo de Thoas, el Relámpago Veloz, permanezca impregnado al campo de nieve y cenizas volcánicas, dominado por un sonido perpetuo. El Santo se voltea hacia Shun.

- No te muevas – dice, lanzando un golpe en dirección al Santo de Andrómeda. Su dedo índice toca la Cloth de Shun a la altura del corazón, haciendo que la hemorragia del STIGMA se detenga inmediatamente.
- Toqué un punto vital de Shinôten - Explica Hyôga – Ello detiene las hemorragias.
- Como llegaste aquí? No habías vuelto para Siberia Oriental?
- Fue Kiki. Athena lo envió a llamarme. Ella quiso que los ayudase.
- Athena...La señorita Saori hizo eso por nosotros.
- Kiki está descansando al pie del volcán.

Sin duda, ir hasta Siberia y de allá para Sicilia en un tiempo tan corto debe estar agotando al pequeño.

- Espero que no hayamos hecho a Kiki exceder sus límites – Aunque él mismo esté debilitado, Shun mantiene su generosidad y preocupación con los otros.
- Dónde están Seiya y/ó Mei? – Pregunta el Santo del Cisne, ya sabiendo el reaparecimiento de Mei y del pavoroso retorno de los Gigas, informado de toda la situación por Kiki.
- Nosotros nos separamos cuando luchábamos contra los Gigas... – Shun se levanta tambaleante, guardando la cadena para aliviar su estado. Mientras que la propia Cloth de Andrómeda no fue destruida, la cadena se mantiene a través de energías transdimensionales, recuperándose completamente aunque alguna fuera rota en una batalla.
- Estoy sintiendo el Cosmo de Seiya, pero está muy débil.
- Vamos a reunirnos de una vez. Estoy preocupado por Mei. Es imposible que alguien sin Cloth consiga derrotar a uno de esos Gigas.
- Es verdad... – concuerda Shun, llevando sus manos a la frente al ser dominado por un fuerte mareo.
- Has perdido mucha sangre. No debes moverte mucho en ese estado. Es mejor que te quedes descansando.
- No, está todo bien conmigo.
- Está bien – Hyôga muestra una sonrisa – A pesar del hecho de que digas que estás bien no significa gran cosa...

Shun muestra una leve sonrisa y los dos Santos retoman la subida al Etna, en dirección al Cosmo de Seiya.

- Estoy sintiendo un poco de Cosmo allí abajo – Seiya mira al interior de un antiguo cráter, actualmente inactivo, pero por siglos, tal vez por milenios, escupía fuego y humo. El Santo de Pegaso no consigue afirmar si esa energía que siente es de la señorita Yulij o de los Gigas.
- Opa!! – Seiya tambalea. Está sudando mucho, un sudor frío y desagradable – No entiendo. Mi cuerpo parece ser más pesado.

El aire a esta altura es no muy denso, pero no suficiente para afectar a un Santo.

- Rayos! Estoy sin fuerza – El joven se siente como si su cuerpo estuviese lleno de agujeros por donde su Cosmo fluye a cada paso dado. Seiya no consigue encontrar explicación para su estado. Aunque la lucha contra Agrios fue dura. Él no puede creer que haya causado consecuencias tan graves.

Un paso en falso y la superficie de la montaña parece desmoronarse. Seiya resbala y casi cae dentro del cráter, mas es salvado por una inesperada mano amiga.

- ...Mei!!

El joven levanta el cuerpo de Seiya con su brazo.

- Estás bien? – Pregunta el Santo, verdaderamente preocupado.
- Yo soy quien lo pregunto! Solo mira tu estado – Dice Mei, completando con una risa.
- De que te estas riendo, tonto? – Pero Seiya perdió las ganas de enfadarse con un amigo, limitándose a mirarlo enojado unos segundos – Dónde está aquel que usaba garras, el tal Pallas? – Pregunta, retomando el dialogo.
- Huí de él. Piénsalo bien, tú que eres un Santo tienes bastante dificultad para enfrentarte con ese tonto. Piensas que un soldado raso como yo tendría alguna oportunidad?

Mei consiguió escapar del Giga por conocer cada centímetro de la región. Además de eso, como espía del Santuario, aprendió a disimular el rastro de su Cosmo, despistando a su perseguidor.

- En ese momento Shun y Hyôga aparecen no muy lejos, subiendo la montaña en dirección de Seiya y Mei. Los cuatro finalmente se reúnen, en la orilla del antiguo cráter.
- No sabía que estabas aquí, Hyôga... – La expresión de Seiya es de verdadera sorpresa.
- Fui enviado por Athena para ayudarlos.
- Ese traje del Cisne cae bien en ti.
- Mei – Hyôga mira apenas al hermano que encuentra después de tantos años.
- Viniste corriendo desde Siberia? Ojalá que no te hayas cansado – Dice Mei, sin obtener respuesta – Jaja continúas antipático. Nadie aquí cambió nada.

El joven levanta los hombros haciendo una cara que hace que Seiya y Shun suelten una risa rápida.

- Ustedes no estaban aquí porque sentían un Cosmo viniendo de este cráter? – Pregunta Shun.
- Entonces ustedes también lo sentían.

Hyôga se voltea, callado, en dirección del agujero, apuntando una fisura entre 2 enormes rocas que parecen labios entreabiertos. El cuarteto se dirige a la abertura en la piedra. Descendiendo cuidadosamente por la frágil y quebradiza superficie del interior del cráter. Shun espía por la hendidura:

- Es bien profundo. Parece ir hasta el centro de la Tierra.
- El Cosmo viene del fondo de esta caverna.

Después de las palabras de Seiya, los amigos descienden por la abertura en la roca usando la Cadena de Andrómeda como una cuerda. Al alcanzar la base de la caverna, perciben que no están encerrados en la oscuridad, como abría de esperarse, una vez que habían dejado la luz del día completamente atrás.

- Qué es esto? Las paredes de la caverna están brillando?

Seiya y Shun andan al frente, seguidos por Hyôga y, al final de la fila, Mei. La gruta es larga, lo suficiente como para abrir los brazos, y ellos consiguen divisar algunos metros al frente gracias a esa luz fantástica e inexplicable. Tonos que van de dorado claro a rojo bermellón profundo se proyectan en las paredes de piedra, variando la intensidad cíclicamente.

- Está pulsando...
- Lo sé, Shun! – Protesta Seiya con una expresión de pavor, como si la observación de su amigo fuese a atraer a algún fantasma.
- La impresión que tengo es como si estuviéramos en el interior de un ser vivo – Continúa Shun – La cadena está tensa todo el tiempo.

Una sensación cada vez más desagradable invade a los jóvenes a medida que avanzan en dirección del fondo de la caverna, de donde viene el Cosmo.

- Estoy con frío en la barriga, rayos – Reclama Seiya, al mismo tiempo en que la temperatura se vuelve cada vez más alta.
- Que calor. Creo que ya andamos unos buenos kilómetros.

A esta altura están todos sudando mucho.

- Ese olor a gas está tornándose más fuerte.

Será esta hendidura un camino para el útero de la Tierra? Los Santos están siendo atraídos a la frontera del infierno? A pesar de esos pensamientos tenebrosos, el cuarteto prosigue, incansable, su camino hacia el fondo.

El altar emana un mal de origen desconocido. Un sonido grave, talvez el viento, domina el ambiente.

- Agrios. Y Thoas también – Susurra Enkelados, la Voz Sellada. En el templo subterráneo, mientras mira con desdén a la joven acorralada – Los Santos de Athena... Después de la antigua Gigantomaquia, será que ellos se van a poner en el camino de los Gigas otra vez...?

Yulij está desconcertada, con su rostro caído hacia el frente y los cabellos plateados manchados de sangre.

- No hay nada que temer con relación a los Santos – balbucea el Giga, como si quisiera auto convencerse, mientras pincha insistentemente con su bastón a su rehén, quien permanece inmóvil – Pero, Athena no debe ser menospreciada. Mientras la diosa guerrera protectora de la Tierra exista, los desagradables Santos continuaran proliferándose y nos importunarán como moscas en verano. Vamos a resucitarlo entonces!!! Nuestro querido hermano pequeño, poseedor de una voluntad más grande que la de Athena, superior a todos los dioses del Olimpo... vamos a rescatarlo de las profundidades perdidas de allá.
- Señorita Yulij!! – Seiya no consigue contener su grito al encontrar a la Santo Femenino amarrada en una piedra.
- Finalmente, me cansé de esperarlos, perros de Athena – Dice Enkelados, con su voz poderosa, mientras aparecen tras Seiya, Shun, Hyôga y Mei.
- Qué lugar es este...? – Se preguntan los Santos, sorprendidos.

El túnel por donde vinieron se abre repentinamente en una inmensa caverna, tan grande como para abrigar un anfiteatro. Un estruendo pesado. El volcán parece temblar con una frecuencia cada vez mayor. Estalactitas se desprenden y caen del techo. El lugar parece poder derrumbarse en cualquier momento. El calor es intenso y sofocante, calor de magma. Un sonido constante y escalofriante acecha en el aire. Será el viento...? Parece un grito agudo provocado por un vendaval.

- Un espacio libre tan grande sobre el Monte Etna!

Y aquel altar... esto parece ser un templo – La Cadena de Andrómeda se pone rígida. En el centro de la gran abertura hay un enorme altar de piedra. La superficie arrugada mantiene la misma luz tremulante del corredor por donde llegaron los jóvenes, dominados por una impresión perturbadora de estar en el interior de una víscera gigantesca.

- La señorita Yulij... está bien? – Se pregunta Seiya, con una gran preocupación. Amarrada por los dos brazos a la roca, cabeza curvada para el frente, es imposible saber si está viva o muerta.
- Si ella estuvo todo este tiempo aquí, en medio de toda esta concentración de gases, el riesgo es grande – El rostro de Shun demuestra alguna ansiedad.
- Y él? – pregunta Hyôga, apuntando al Giga enmascarado que asegura su báculo maligno dentro del altar.
- Es Enkelados, la Voz Sellada. Dice que era sumo sacerdote.

Hyôga fija su mirada en el enemigo. En un movimiento inesperado, el Santo del Cisne se lanza en dirección al gigante. Su cuerpo se cubre de cristales de nieve.

- DIAMOND DUST!! (Polvo de Diamante) – El ataque de hielo golpea a Enkelados por sorpresa, pero aún así el poderoso Giga consigue repeler la energía helada. Lanzándolo devuelta a Hyôga. La onda de impacto se levanta por el aire y afecta a Mei y los otros Santos, que estaban a decenas de metros de distancia, lanzándolos contra las paredes de la caverna.

El ataque de Enkelados es el mismo que habían visto en Taormina. El impacto causado por el golpe, parecido a una explosión, es mayor aún dentro de este ambiente cerrado.

- Jajajaja!!! – El Giga suelta una risa macabra – Pueden venir tantos Santos de Bronce como quieran que ninguno conseguirá siquiera llegar a acercarse a este sumo sacerdote de los Gigas!
- Tengo algo extraño.
- Qué es? – Seiya se voltea para Hyôga.
- Siento el cuerpo pesado...
- Tú también?
- Creo que todos sentimos eso – dice Shun, en un tono de gran preocupación.
- Yo pensaba que era resultado de la lucha con Agrios, pero...
- Podría ser, si apenas tu y yo, quienes libramos intensas batallas contra los Gigas, estuviésemos sintiendo eso. Pero afecta hasta a Hyôga, que casi no fue afectado, no tiene ningún sentido.
- Eso comenzó en el momento en que llegué al Etna – Revela Seiya – Y empeoró después que entramos a esta caverna. La energía del Diamond Dust no tiene ni la mitad de su potencia, y aún no me consigo recuperar.
- Yo pensé que me estaba sintiendo así por causa de los gases... pero no es eso. Parece que nuestra propia fuerza está escapando de nuestros cuerpos. - No son daños de luchas – Dice Mei, balanceando la cabeza – No es cansancio, ni es veneno del aire. Es el Cosmo que está siendo arrebatado. La fuerza de los Santos, el origen de todas las formas de vida... Aunque luchemos. No tenemos el menor chance.
- Arrebatado? Hablas como si algo estuviese absorbiendo nuestro Cosmo...
- Exactamente – La voz de Enkelados confirma la teoría de Mei – Desde el momento en que pusieron sus pies en el Etna, sus Cosmos vienen siendo arrebatados, de a pocos. Esta tierra está dentro del campo protector de Flegra, las llamas terrenales que nos protegen, a los Gigas, de la misma forma que el Santuario es protegido por las redomas de Athena – La criatura tiene plena conciencia del impacto de su revelación en los Santos – En este lugar, aquellos que no traen Adamas jamás se recuperan de los daños sufridos. Cada vez que incendian su Cosmo, la energía es arrebatada por el campo de fuerza. Eso significa que, mientras exista la redoma protectora de Flegra, nunca seré derrotado, ni siquiera por los 88 Santos reunidos!
- No es posible... quieres decir que nuestro Cosmo estaba siendo arrebatado en cada ataque que lanzábamos? – Los Santos de Athena están perplejos.
- La luz que ilumina estas cavernas también se debe a esas llamas terrestres – Concluye Seiya.
- Nosotros, recién despertados, no estábamos en número suficiente para atacar a la fuerza al Santuario protegido por Athena... – Continúa Enkelados – Pero bastó raptar a una jovencita para que consiguiéramos robarle toda su energía... Con la joven son cuatro apenas, y de la jerarquía más baja... Solo Bronce no será suficiente para saciar el hambre de dios, pero... por ahora, mueran! – Grita el Giga, irguiendo su báculo maligno y concentrándose para liberar su poder de destrucción.
- Allí viene otra onda de impacto! – La tensión de la Cadena de Andrómeda aumenta cada vez más.
- Tenemos que atacar antes que esa cosa se ponga aún peor – Dice Seiya – Es nuestra única oportunidad de victoria. Vamos a atacar usando la velocidad.

El aura de las constelaciones protectoras – Pegaso, Andrómeda y Cisne – Resplandece en los tres jóvenes. Estrellas aparecen en el aire y queman dentro de la gran caverna, en las profundidades de la Tierra.

- Incéndiate, Cosmo! – Seiya se posiciona para el combate, liberando una especia de Big Bang. Mientras que el Cosmo es elevado al máximo, al despertar del Séptimo Sentido, ella emana una fuerza milagrosa, comparable solamente con la energía primordial del universo.
- Toma esto, Enkelados!

El Pegaso galopa. La Cadena de Andrómeda se transforma en electricidad luminosa y el Cisne alcanza vuelo.

- Es inútil.

Shun y Hyôga observan, perplejos. El ataque a Seiya. La Cloth de Pegaso se rompe y la sangre empieza a chorrear por los costados del Santo. Un puño golpea con fuerza un cuchillo que rompe la tenue capa de grasa.

- Mei...? – Seiya se desmorona al suelo al pronunciar el nombre de su medio-hermano.
- Es inútil – Repite en una voz tenebrosa.
- Que haces?! Que haces, Mei?!! – Grita Shun, desesperado.

Incluso Hyôga, que nunca pierde la calma, está boquiabierto con la escena. Mei estaba asesinando a Seiya, con su mano enfundada en el cuerpo de Seiya hasta la raíz de los dedos. El joven retira el cuchillo en un movimiento brusco, haciendo que la sangre pase a chorrear con una intensidad aún mayor.

- Ese Cosmo... – Shun tiembla de pavor.

Una presión formidable. Los Santos perciben que aquel no puede ser, en hipótesis alguna, un soldado raso que no consiguió llegar a Santo.

Mei pasa los dedos por su rostro. Maquillándose de sangre.

- Pocas veces sentí un Cosmo tan gigantesco... Esa voluntad es prácticamente la de...!

Shun y Hyôga se alejan de Mei en un segundo, manteniendo distancia, incapaces de estar tan cerca de aquella energía increíble.

- Ese... Ese no es Mei!!

Hyôga se posiciona para el combate, tomando a su medio-hermano como enemigo.

- Necesitamos poder para la resurrección del gran dios! – Grita Enkelados, la Voz Sellada – Como su fuerza es colosal, necesitamos una gran energía equivalente a aquella presente en la concepción del universo. Solo con el sacrificio de un Santo conseguiremos romper el sello forjado por Athena! Solo con la sangre de un Santo! La pulsación de vida presente en la sangre ardiente! El Cosmo! – Enkelados levanta las manos en reverencia, con el rostro lleno de lágrimas emocionadas sobre la máscara demoníaca.
- Resurrección? De que tanto habla él?
- Está hablando de dios, bello y joven Andrómeda – Thoas, el Relámpago Veloz, surge de la nada en el templo subterráneo. Y él no llega solo, Agrios, la Fuerza Brutal, también está ahora delante del altar y el rostro delgado de Pallas, el Espíritu Estúpido, surge en la entrada de la gran caverna. Los cuatro Gigas se acercan a los Santos.
- Los Santos de Athena osaron hasta olvidarse incluso el nombre de dios!
- Quirri! Vamos a hacerlos temblar.
- No es posible! – Exclama Hyôga – Nosotros derrotamos a esos dos!
- Jaja! Creyeron que alguien moriría solo por causa de eso? Ahora, se van a destruir! – Agrios frunce las cejas.
- Entonces fueron ilusiones? Cómo fuimos llevados a creer una falsa victoria? – Shun está estupefacto.
- Creyeron que habían vencido sin al menos revisar los cadáveres? Los Santos necesitan aprender a ser más incisivos... – La voz de Thoas desborda sarcasmo – Todo el Etna está sobre la redoma de Flegra. Nosotros, vestidos con los Adamas, somos protegidos, mientras que sus ataques estaban todos, sin excepción, debilitados en potencia.
- La protección de aquel que reverenciamos! – El sumo sacerdote de los Gigas se voltea y empieza a orar en el altar – Venga a nosotros! – Su grito de combate hace temblar todo el templo subterráneo – Lo invocamos, último hijo de los Gigas, nacido del enlace de Gaia con Tártaro! Señor de los vientos tempestuosos, padre de todos los encantos malignos, hermano querido. Cien cabezas de serpiente, lenguas negras, ojos flameantes... revela tu verdadero nombre! – El sacerdote está en una especie de transe extasiado, agitando constantemente su terrible báculo. Él repite los epítetos, las dedicatorias, pronuncia oraciones: está conduciendo una ceremonia.
- Ooooooooaaaaahhhh! – Mei comienza a gemir repentinamente. Sobre la mirada de espanto de los Santos, el joven arranca su propia piel, en una actitud siniestra, desprovista de toda razón, que congela a Shun y Hyôga desde la punta de los pies hasta la raíz de los cabellos. Un demonio devorador de personas emerge dentro de Mei, gimiendo y gruñendo. El ser lame algunas gotas de la sangre de Seiya, que aún gotean de los dedos y robando la garganta y la lengua de Mei, revela su verdadero nombre.
- Mi nombre es Typhon.

La voz de las tinieblas resuena en las profundidades de un abismo perdido. Los Ojos flameantes, lenguas negras, cien cabezas de serpiente, padre de todos los encantos malignos, señor de todos los vientos coléricos: “Mi nombre es Typhon”.

Los Santos están delante del último Giga, nacido del enlace de Tierra con el Mundo de los Muertos.

- El gigante inigualable que oculta estrellas y hace más espesas las nubes – El sumo sacerdote prosigue con sus ovaciones – Dominador de la Tierra, aquel que matará a los Santos Sagrados, aquel que destruirá a Athena... nuestro amado y último hermano.
- ¿Quién soy yo? – pregunta el demonio en un tono ceremonial.
- La voluntad que guía a los Gigas – responden los otros al unísono.
- ¿Quién soy yo?
- Tú eres dios.

Los cuatro Gigas está postrados delante de Mei, o de aquel que debería ser Mei. La luz intensa se proyecta en forma caótica por el gran espacio vacío. Solamente con suma dificultad, Shun y Hyôga consiguen asistir la escena.

- Mis ojos me están doliendo... Estoy con miedo...
- No te dejes llevar, Shun! No tengas miedo de ese dios falso y maligno. No puedes verlo con ojos de temor! – Hyôga habla con desesperación y firmeza
– Recuerda que somos protegidos por Athena y por las estrellas. Mantén tu Cosmo. Si te rindes al miedo, si dejas que te domine, tu personalidad será devorada.

El “temor” es la esencia de los dioses. En sus inicios, los dioses nacieron del temor. Eran personas temerosas los que los cultivaban, ofreciéndoles sacrificios en una tentativa de atenuar el miedo que sentían.

Una voluntad divina en su formato más arcaico, desnuda en su origen, está encerrada en el cuerpo de Mei:

- Soy Typhon.
- Sí – Responde Enkelados
- Pero que carne frágil y fea! Qué pasó con mi resplandeciente cuerpo carnal? – la indignación de dios lanza un ataque invisible, introduciendo ondas de terror. Poco a poco Shun y Hyôga no tienen sus corazones aplastados. En este momento, hasta los propios Gigas, extremadamente tensos, están claramente pavorosos.
- He... hermano amado – dice Enkelados, temblando – Con todo respeto, recuerde la antigua Gigantomaquia. Su resplandeciente cuerpo carnal fue dilacerado por Athena y su voluntad exiliada sobre las rocas rígidas de esta isla – En ningún momento el sumo sacerdote pronuncia el nombre del dios.

Así eran adorados los dioses primeros del mundo. De la misma forma que encarar directamente la verdadera forma del dios aplastaría sus ojos, el acto de pronunciar su nombre arrancaría su lengua y le haría perder el habla.

- Fue eso, entiendo – Typhon aplaca su ira por un momento – Pero dónde está mi resplandeciente cuerpo carnal? – Repite – Hermanos queridos. Dónde ocultan el resplandeciente cuerpo carnal de este su hermano más joven?

Glan!! Una nueva onda de choque, poderosa a punto de ser audible, parte en pedazos el báculo de Enkelados. Incoherencia pura. Las palabras de Typhon no tienen lógica alguna. Al contrario, el dios apenas se despeja totalmente de su rabia, en puro egoísmo, hizo un tifón sin rumbo. Así mismo, los Gigas, antes tan opresores, tan señores de sí, procuran no cuestionar a Typhon. Para ellos, el dios es puro temor. Algo a ser aplacado.

Enkelados responde, con las manos temblorosas agarrando la punta del báculo destrozado:

- Con todo respeto... Primero fue su voluntad la que nos salvó de las profundidades del Tártaro, valiéndose de ese humano como receptáculo transitorio y marioneta. Creo, sin duda, que esa carne frágil lo tiene insatisfecho.
- Sí. Entiendo – Mei, o Typhon, observa atentamente su cuerpo desnudo – Sumo sacerdote? – El dios tampoco llama a los Gigas por sus nombres. Aquellos que son nombrados por su nombre por él, sangrarán por los oídos y enloquecerán.
- Sí
- Qué es este cuerpo frágil y feo? – Typhon continua su discurso incoherente – Siento que me falta poder. Falta, falta, falta, falta... falta... falta, falta – Repite, en un tono insistente y enloquecido – Ordene que me ofrecieran en sacrificio la sangre de Santos para romper los Sellos de Athena y salir de las profundidades del abismo fantasma.
- De hecho, señor. Aquí están – Enkelados apunta en dirección de los Santos.
- Sí. Entiendo – Ojos malignos con venas en remolino encaran a los jóvenes – Son estos los sacrificios dedicados a mí.

La mirada de Typhon casi mata a Shun. En situación extrema por el miedo, la Cadena de Andrómeda suelta un sonido agudo como una cuerda de un instrumento musical estirado hace al limite, a punto de romperse.

- Ya me había dado cuenta que era una trampa... pero un sacrificio? – Las palabras de Shun son reprimidas por el barullo de la cadena.

Hyôga comprime sus labios, presintiendo lo que está por suceder.

- Sangre de Santos! Por eso secuestraron a Yulij! Por eso nos atraían hasta el Etna. Pero... por que Mei?

El Cosmo recorre el cuerpo de los Santos a través de la corriente sanguínea. Por tanto, la sangre de un Santo está repleta de esa energía, la fuente de todas las formas de vida. Prueba de eso es la conocida historia de que es necesario un volumen inmenso de sangre de Santos para hacer que vuelva a la vida una Cloth destrozada en combate. Esa también es una ceremonia, un ritual para insertar en el traje una nueva energía vital, el Cosmo, a través de la sangre de un Santo.
- Que se entregue la ofrenda – Ojos malignos en llamas encaran a los Santos. Typhon, antes Mei, va acosando a Shun y Hyôga de a pocos.
- Es presión equivale a la de Athena. Es el Cosmo de un dios? – Pregunta Shun.
- Si – Responde Hyôga – Pero es de una naturaleza totalmente diferente.
- Hyôga... – la voz de Shun está temblorosa.
- Lo sé. Sé que vamos a morir aquí – Hyôga balbucea con un tono de voz seco, cerrando el puño, aún así dispuesto a luchar.
- Que se entregue la ofrenda – Typhon repite, como si se hubiese olvidado de lo que acaba de decir, penetrando con facilidad la Cadena de Andrómeda y las paredes de energía helada, todas las defensas de los dos Santos. En un movimiento brusco, el dios levanta sus dos manos, buscando las gargantas de los jóvenes.
- Paren! – Una joven sosteniendo el bastón dorado de la imagen de Nike, la diosa de la victoria, se manifiesta rompiendo las paredes del gran suelo subterráneo de las profundidades del Etna. Typhon mira de reojo a la joven que desciende en el aire.
- El último de los Gigas, señor de todos los vientos malignos. No permitiré que golpees más a mis Santos.
- Tú, mujer ceniza – Typhon está frente a frente con la diosa que tanto odia.
- Typhon.
- Athena.

En el instante en que los dioses pronuncian sus nombres el uno al otro, explotan sus espíritus presentes con sus palabras. Typhon y Athena se vuelven halos y empiezan a centellear. Una energía equivalente a un choque entre galaxias cubre todos en una masa ofuscante. Las voluntades de los dioses chocan en el interior de la gruta. Los seis sentidos, cuando son expuestos a los dioses, son negados e inutilizables. Solo resta el Cosmo, la única cosa que conserva la identidad individual de cada uno de los seres presentes.

- Señorita Saori...!
- Shun, Hyôga, están bien?

Saori Kido, la diosa Athena, se mantiene serena en medio del halo. Después se arrodilla, silenciosamente dejando su mano reconfortante sobre Seiya. La hemorragia es detenida milagrosamente.

- Que bien – Athena suspira aliviada al certificar que el Santo está vivo.
- Absurdo! – La voz de Enkelados, la Voz Sellada, suena temblorosa y tenue – Como Athena se tele transportó del Santuario para acá? Eso nunca podría ocurrir!! El monte Etna está protegido por la redoma de llamas terrenales!
- Él tiene razón – concuerda Agrios.
- Quien quiera que sea, si no estuviese vestido por un Adamas, jamás podría cruzar el espacio y venir a este templo subterráneo – Completa Thoas.
- Si, pero apenas si fuesen Santos – Enkelados se irrita con el pensamiento limitado de los otros gigantes – Esta muchachita, Athena, es una divinidad, como nuestro señor!!

En ese momento los poderosos Gigas están dominados por la presión de Athena, que a los ojos de cualquiera parecería una humana cualquiera.

- Ese temor... somos totalmente temerosos de esta mocosa, a pesar de ser algo completamente diferente a lo que sentimos por nuestro dios! - Entiendo – Dice Typhon. El dios de los Gigas, en la forma de Mei, está totalmente desnudo. Sobre los cabellos, ahora en un negro profundo, la criatura lanza el fuego de su mirada maligna – Una hendidura se abrió en la redoma de llamas terrestres sobre mi protección. Ahora entiendo. Fue la fuerza de Athena.
- Typhon... – Athena le apunta con el bastón de Nike.

Las ondas de su Cosmo hacen al suelo temblar y, montadas en vientos viciados, cruzan los mares, viajando de Sicilia hasta el Santuario en Grecia.

- Entiendo. Fue así en la antigua Gigantomaquia. Ven por ti misma a encontrar tu destino en los campos de la muerte.
- Apártate de ese cuerpo... – ordena la diosa – Apártate de Mei.
- Entiendo. Athena está presente en su plenitud en esta era. Y o qué es de mi? Esto no es más que una marioneta. Estaré en desventaja en este frágil cuerpo humano. Además de eso, es un cuerpo terriblemente feo...

No existe posibilidad de diálogo. Typhon se limita a decir lo que se le viene a la mente, no admitiendo cualquier negociación. Ignorando el pedido de Athena, el dios de los Gigas sube tranquilamente los escalones del altar.

- Sumo sacerdote.
- S... Si, mi señor – Enkelados se arrodilla.
- Dónde está mi radiante cuerpo carnal? Dónde está la ofrenda?
- Bien, está aquí, al frente suyo – El gigante apunta en dirección de Yulij. Anda encadenada y olvidada.
- Entiendo – Más de una vez Typhon coloca sus manos en posición de ataque.
- Para! – y más de una vez Athena grita para impedir la envestida.
- Pretendes atacarme con ese bastón de oro?
- Pregunta Typhon, sin mirar para atrás.

El dios de los Gigas sabe que Athena no lo haría. Su vondad no le permite herir a un de sus protectores. Y ese cuerpo frágil pertenece a Mei.

- El que tiene enfrente es el cuerpo de uno de sus queridos Santos – el rostro de Typhon se convierte en una sonrisa fúnebre. Si no fuese por los cabellos, que pasaron de plateados a negros, sería la propia cara de Mei – Si me atacas con ese bastón, el cuerpo de Mei morirá. Si te muestras indecisa, esta niña puesta en sacrificio morirá. Cualquiera que sea la decisión que tomes... Como es patética la voluntad de Athena! – Los brazos de Mei, que ahora son los de Typhon, se branden en el aire.

Entonces: Sangre.

- Ofrézcanme sangre!
- Pero que? – Shun, Hyôga y hasta la misma Athena no creen lo que ven.

Las armaduras de Adamas en astillas. EL cuerpo de Mei, que ahora es Typhon, está húmedo de sangre.

- Siento que falta.

Agrios y Thoas convulsionan, en pie, después de que sus armaduras de Adamas fueron perforadas. Mei , que ahora es Typhon, perforó con sus puños fortalecidos el abdomen de los Gigas, arrancando sus vísceras con vigor. Sus órganos están expuestos y son expulsados enseguida por la presión interna del organismo para, finalmente, esparcirse por el suelo. Los dos caen y la sangre de sus heridas va siendo absorbida por el piso del templo subterráneo.

Un estruendo estremece la enorme caverna. La redoma de Flegra pulsa con un nuevo flojo colosal de Cosmo.

- Siento que falta – Protesta aún Typhon, de las profundidades del abismo infernal.

Enkelados se curva ante las palabras del dios.
Aunque se está ahogando en la poza formada por sus propias vísceras, con el rostro totalmente desfigurado por el dolor. Agrios y Thoas hacen una especia de plegaria a Typhon.

- Que el sacrificio sea hecho. El poco de fuerza que tengo ahora no es suficiente para derrotar a Athena. Ofrézcanme todo lo que puedan. Sáquenme de las profundidades del vacío. Ofrézcanme – Typhon se impone por el temor.

Los Gigas, ya condenados, dan su última muestra de lealtad, incendiando su Cosmo en el momento final de sus vidas en ofrenda a su dios. Los Cosmos de Agrios, la Fuerza Brutal y Thoas, el Relámpago Veloz son devorados por Mei, ahora Typhon.

- Sumo sacerdote... – Continua el impetuoso dios.
- Ofréceme tu cuerpo carnal de mi hermano más viejo. El Cosmo flameante de mis hermanos podrá destrozar por dentro este cuerpo frágil de ser humano. - Como usted quiera – Enkelados no titubea, completamente dominado por “temor”.
- Ofréceme! – Typhon lanza un rayo en dirección al sumo sacerdote de los Gigas. Enkelados, la Voz Sellada. Se entrega totalmente el alma reprimida por las palabras del dios, volviéndose literalmente un muñeco con una mascara demoníaca: mirada turbada, postura indecisa.

Un viento repleto de malos presagios causa escalofríos en los Santos. El halo va dejando el cuerpo frágil de Mei, formando un aura flameante que se separa de la figura humana, Typhon: Origen semántico de “tifón”: Señor de todos los vientos malignos.

- Typhon – Dice una voz

La voluntad divina de los Gigas se detiene a medio camino, antes de ser transferida para el cuerpo de Enkelados.

- Quién pronuncia mi nombre?
- Soy yo.
- Mei! – Grita Athena.

Hasta ahora un títere de Typhon. Mei pasa por una evidente transformación. Sus cabellos recuperan el color plateado, el brillo turbio y flameante de esa su mirada y los labios transmiten las palabras de vondad como debería ser.

- Saori...
- Mei? – Athena es como una humana, entre la desesperación y la alegría de certificar que es el mismo el que está aquí. - Hay que ver. Reviente mi cuerpo con ese báculo y llévese junto a ese dios maldito – Pide Mei, luchando para mantener el control sobre sus palabras.
- Pero...
- No lo piense dos veces!! Este es el único momento en que usted puede hacer eso... Rápido, antes que Typhon deje este cuerpo de una vez. Usted... es la Athena viva, no es así? – Es el Cosmo de Mei que suplica a la guerrera protectora de la Tierra, una voz apagada por el dolor, un hilo de vida que se puede perder en cualquier momento.
- Entiendo. Mientras comencé el proceso de transferencia para el cuerpo de mi hermano, el alma humana de este cuerpo se reveló, cosiendo los rasgos de dominación impuesta por mi voluntad.
- Yo no soy una marioneta, Typhon! Yo soy Mei, un Santo de Athena...
- Ahora, fue gracias a tu presencia frívola delante de mi mientras yo aún estaba sellado, el frágil humano, que un pequeño pedazo de mi poder surgió en los días de hoy.
- Cierra la boca!! – Mei agarra sus propios hombros con las manos manchadas de sangre, intentando impedir que la voluntad de Typhon escape completamente. El dios, agitándose en el interior del halo, parcialmente liberado, se voltea hacia Athena.
- Me vas a atacar con ese bastón de oro?
- Todo lo que haces es esparcir temor con ese vendaval enloquecido – la voz de Athena vuelve a sonar altiva como la de una diosa – No pasa de una fiera demoníaca hambrienta. Lo que podría querer resurgiendo en los días de hoy? Una voluntad pervertida como la tuya solo estaría satisfecha destruyendo la Tierra y después, por fin, a ti mismo!
- Dónde está la morada de los Gigas, que me adoran y me protegen? – Pregunta Typhon – Dónde nosotros, Gigas, podremos establecernos en paz? Quiere decir que solo tenemos la prisión en el vacío entre Gaia y Tártaro, de donde ni la misma luz puede escapar? Ahora, tú, meretriz ordinaria! Posando de protectora de la Tierra! – La voluntad de Typhon se confunde con la de los Gigas sacrificados, creando un caos en su Cosmo.

Una sombra pasa volando. Garras cortan la carne.

- Quirri! – Pallas, el Espíritu Estúpido, que permanecía oculto hasta ahora, corta con ímpetu los costados de Mei. La sangre brota como una bola de lodo, escurriendo para el suelo. El cuerpo del joven se inclina pesadamente.

En ese mismo instante, la voluntad de Typhon brilla, radiante, transfiriéndose al cuerpo de Enkelados. El dios toma para si las energías de los Gigas, uniendo a ellas todos los fragmentos de Cosmo acumulados en la redoma de Flegra, creando así un remolino de luz. La mascara demoníaca de Enkelados cae de su rostro, despertándose en el suelo. Su traje sacerdotal se reduce a polvo, perdiéndose en el aire. En su lugar, rompiendo la piel de adentro para afuera, surge una nueva armadura de Adamas, dotada de un brillo ónix nunca antes visto.

El dios está ahora en un cuerpo poderoso. El señor de los Gigas, devorador de sacrificios y maestro de los vientos de malos presagios, finalmente se revela. La nueva imagen de Typhon es totalmente asimétrica. El lado derecho lleva llamas infinitas. En el lado izquierdo, un viento vaga sin rumbo. Los colores de los ojos, los cabellos, la piel, el propio formato del Adamas, todo es diametralmente opuesto a partir de una línea imaginaria vertical en el centro de su cuerpo.

El nuevo Typhon es ciertamente bello. Su figura física y su voz son bellas, así como las llamas que brotan del arco-iris al ojo derecho. Relámpagos blanco-azulados son lanzados de cada uno de los poros de su piel en el lado izquierdo.

- Athena. Siempre justificas tus luchas con la auto-afirmación de que tus combates son en pos de la “justicia” y escondiendo tus masacres sobre la justificación de “Guerras Santas” – El dios de los Gigas sabe que Athena y sus Santos libran perpetuamente un conflicto moral frente a la contradicción de batallar con violencia a fin de proteger el amor y la paz en la Tierra.
- Calla – Athena está incomodada, pero mantiene su postura firme – Es que acaso los Gigas tienen alguna “justicia” a la altura de mi voluntad?
- Estás errada. No es ese el punto que debemos confrontar. El peor crimen que existe es relegar el hecho del olvido. Athena, será que olvidaste hasta el mismo motivo por el cual luchamos? La batalla entre los Gigas y los humanos. En caso de que lo hayas olvidado, te refrescare la memoria. Esta no es una Guerra Santa: Es una Gigantomaquia, una lucha contra gigantes – Las palabras de Typhon alcanzan a Athena como un rayo, despertando su memoria – Esta es una batalla primitiva, la más primordial de las disputas. Es una lucha de supervivencia. Ninguno puede impedirla – Proclama el dios de los Gigas – Y tú, Mei, frágil marioneta, ya eres mío.

Typhon abre largamente los brazos. Mei no consigue moverse, seriamente herido por las garras de Pallas.

- Te voy a devorar aquí mismo – La voz de Typhon hace eco, amenazadora. Pero, en el momento en que sus puños de fuego y viento agorero se levantan. Athena lanza su bastón de oro. A la altura de la cabeza de Mei. El Cosmo de los dioses chocan. Los ataques son anulados, uno reduciendo el poder del otro a un nivel mínimo.

Del espacio vacío surge una caja adornada con estrellas del firmamento. No es de oro, de plata o de bronce, es simplemente negra como la noche.

Typhon empieza a recordar algo antiguo.

- Cuál de las 88 constelaciones está simbolizada en este relieve? – Se pregunta en pensamiento.
- Te lo dije, Typhon – Mei recupera la voz milagrosamente – No soy una marioneta. Soy un Santo de Athena!

Con eso, la caja se abre en el aire, revelando una Cloth brillante, que absorbe para si misma toda la luz alrededor. La estatua de la constelación de Mei comienza a tomar forma: Una mujer, de lado. Sus largos cabellos se ondulan con un breve centelleo que recuerda la imagen de una lámina brillando. La figura toda negra se desprende entonces, adhiriéndose al cuerpo de Mei.

Typhon consigue finalmente traer el recuerdo del nombre de la constelación, que permanecía lacrada junto con su voluntad desde tiempos inmemoriables:

- Eres tú, Santo de Cabellera de Berenice

Mei lanza un ataque que proyecta la barbilla desprotegida de Typhon en el aire, lanzando al dios de los Gigas con fuerza para atrás, Typhon escupe sangre. Su mandíbula poderosa es cortada en medio.

- Yo... Santo de Athena...? – Percibe Mei, usando lo poco que le resta de Cosmo. Es un breve momento de felicidad, antes que el se tumbe para adelante, agotado, perdiendo los sentidos.
- De hecho, admito que no recuperé a plenitud mis fuerzas – Refunfuña Typhon, tocándose la barbilla con un aire de preocupación. Lanza entonces su mano derecha contra el suelo, golpeando con vigor el piso, que se parte en dos. Lava se levanta con estruendo, formando una columna de fuego.

Un sonido estremecedor resuena por toda la gran ruta. Rocas se desprenden de las paredes, cayendo como una lluvia de meteoros. La columna de fuego de Typhon alcanza el techo de la caverna y atraviesa la barrera de piedra, llegando hasta la superficie.

- No tendrá sentido registrar esta batalla en la historia – Typhon, envuelto en una columna de fuego, se aleja lenta y soberanamente.

El magma ardiente comienza a vaciarse de las hendiduras dejadas en la tierra.

- Tienes la obligación de luchar y matarme. Y yo tengo la obligación de luchar y matarte.

El monte Etna, la piedra angular del sello que retenía a los Gigas, desaparece en medio de la lava y la destrucción.


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