Saint Seiya CDZ. Caballeros del zodiaco
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Gigantomachia

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Portada del Volúmen 1 de Gigantomachia

Volúmen 1: Mei no Shô (Capítulo de Mei)


Santos de Athena

La “Mitología” es la propia sistematización de la cultura y de sus ramificaciones desde el surgimiento de la humanidad. Es por definición, algo tan vasto que ni el más dedicado poeta épico podría narrar cada una de sus historias, y con certeza sería imposible reunir todos los relatos en un mismo libro. Por estar en evolución constante, en ella coexisten teorías dispares y hasta contradictorias, y cualquier esfuerzo en discutir o alinear las diferentes versiones no sería mas que un divertido pasatiempo.

En la Antigüedad, los griegos eran llamados “Helenos”, o “Pueblo de Helas”, forma como se referían a su tierra natal. Hasta los días de hoy, Grecia se intitula “República Helénica” cada vez que su delegación de atletas lidera el desfile de apertura de los Juegos Olímpicos.

El nombre que usamos tiene origen latino y fue adoptado inicialmente por extranjeros. Verdaderamente, la palabra “Grecia” solo existe en el idioma español, siendo “traducida” de diferentes formas en otros idiomas como “Greece”, en inglés. Esa confusión es más común de lo que se puede imaginar. Los japoneses, por ejemplo, llaman a su tierra Nipón, o Nihon, y no Japón (y sus variaciones, dependiendo del idioma), como el país es conocido en el resto del planeta.

Cuenta la Mitología que el mundo como lo conocemos tuvo inicio cuando Zeus provocó un diluvio para destruir a la humanidad. Él era el más poderoso de los dioses griegos, y consideraba a la especie humana cruel y mediocre.

Apenas una pareja consiguió escapar de esa catástrofe: Deucalión, hijo del sabio titán Prometeo – aquel que diera a los hombres el fuego, hasta entonces un don exclusivo de los seres inmortales – y Pirra, hija de Pandora – la primera mujer, que recibiera de los dioses innumerosos presentes. El primogénito de esos sobrevivientes recibió el nombre de Heleno, y se volvió el legendario padre del pueblo griego.

El Santuario.

La morada de la diosa Athena no queda muy lejos de Atenas, la más grande ciudad de Grecia, pero no aparece en ningún mapa conocido de los hombres. Es una montaña sagrada, completamente aislada del resto del universo, separada de nuestro mundo por estrellas y gruesos conjuntos de nubes.

Ni siquiera los más avanzados y precisos satélites de espionaje serían capaces de encontrar ese lugar, enteramente cubierto por la Voluntad Superior de los Dioses y protegido por barreras divinas que repelen cualquier tipo de interferencia externa.

Ese es el Santuario, cuya existencia está más allá de la lógica y de la comprensión humana. Buscarlo es lo mismo que buscar a Dios, y dudar de su existencia algo tan peligroso como cuestionar al Creador.

Anochece.

- Por qué las estrellas están tan agitadas? – susurra Yulij, balanceando levemente sus cabellos plateados.

Su pregunta queda sin respuesta: ella está sola en el observatorio astronómico, un espacio circular al aire libre localizado en la cumbre de la montaña. El cielo nocturno recuerda a un planetario, limpio y poblado de estrellas, como si la terrible polución urbana de Atenas no existiese. En el piso bajo sus pies, hay un mosaico delicadísimo de un mapa duodecimal indicando los cuatro puntos cardinales.

Aries, Tauro, Géminis, Cáncer...

- Es como si las estrellas estuviesen cayendo de la Vía Láctea...

Yulij está en el puesto de observadora estelar. Su traje recuerda a los usados por los antiguos griegos: un vestido blanco sobre el cual descansa una túnica escarlata, sujetada por un broche a la altura del hombro derecho. Sobre su rostro hay una máscara, pero muy diferente de aquellas que vemos en festivales o en el teatro. Es una máscara de silencio, hecha únicamente para esconder cualquier expresión de sentimiento humano.

- ... de nuevo! – otra estrella “cae” rumbo al oeste.

Todos lo seres humanos nacen, mueren y reencarnan de acuerdo con los designios de las estrellas. Observarlas es una forma de percibir mejor nuestro mundo. En ningún momento Yulij desvía su mirada atenta del cielo.

- El maestro Nicole bien podría estar aquí, pero fue al teatro con ese muchacho tan guapo...

En lo alto del firmamento está el triángulo de puntos brillante formado por Deneb, Vega y Altaír, estrellas de las constelaciones de Cisne, Lira y Águila, respectivamente. Hay un espacio opaco en el mapa estelar, justo debajo de la constelación de Virgo, que está cerca de esconderse en el horizonte. Es en ese pedazo de cielo vacío que Yulij ve estrellas cayendo en cantidad, formando una lluvia de llamas.

- Necesito avisarle a Athena – ella es oficiante auxiliar del Santuario, y esa es su misión. Yulij llama a la diosa diciendo su nombre en voz alta.

Athena existe en carne y hueso, así como sus santos. Es la diosa protectora del Amor y la Paz en la Tierra, y se hace presente en esta región sagrada.

En un sobresalto, Yulij siente la llegada de un instinto asesino. Un escalofrío recorre su espina, una sensación real como la hoja de una cuchilla contra su nuca. Un enemigo: y ella está en su mira.
- Tu eres un Santo Femenino – dice el invasor.
- Si. Soy Yulij del Sextante – paralizada, ella no tiene alternativa sino hablar con el extraño que está a sus espaldas. – Eres conciente que invadiste el Santuario de Athena?

El invasor no responde. Yulij se siente todavía más amenazada, sabiendo que hace una pregunta idiota. Nadie penetraría la región sagrada “por casualidad”. Sería imposible ultrapasar sus límites “sin querer”.

- Quién te envió...?
- Toda mujer debe usar una máscara para poderse unir a los Santos, abandonando completamente su feminidad. Esa es la regla...

Yulij está cada vez más confusa. Un ruido sofocante y su máscara de silencio cae al piso, partiéndose al medio.

- ... y ese es tu rostro.

Ella levanta las manos para cubrir su propio rostro, en un movimiento instintivo. Su oponente aprovecha la oportunidad y alcanza con un golpe su abdomen desprotegido, irguiendo su cuerpo y tirándolo con tanta fuerza al piso que Yulij pierde los sentidos.

El invasor mira al mosaico en el piso con desdén, soltando una risa de burla.

Ja! – el grito produce una onda de energía que recuerda el impacto de un meteorito, destruyendo el piso del observatorio, hasta desaparecer el mapa zodiacal en una nube de polvo.

Un hombre despierta de su sueño con una patada que lo lanza a más de diez peldaños escalera abajo:

- Levántate, hombre!
- Autch, esa dolió! Y yo que estaba durmiendo tan bien... – una pausa. Su tono de voz cambia completamente al percibir quien lo despertó. – Ay, ay, ay...!
- Cuántas veces tengo que despertarlos a ustedes? Parecen monos! – dice, sin formalidad, el muchacho japonés de cuerpo delgado.
- Bu...buenas noches, señor Seiya. – responde el hombre en la escalera, en cuanto sacude rápidamente a sus dos colegas, que también dormían. Los tres visten armaduras de cuero, el uniforme de los soldados defensores del Santuario de Athena.

Si estuviera en el colegio, Seiya estaría en clase de educación física. El aspecto delgado y sus menos de 1.70 m de altura no recuerdan en nada a los imponentes y musculosos luchadores profesionales. Sus cabellos forman ondas que dan la impresión de intenso dinamismo y su mirada penetrante lleva aquella energía típica de los jóvenes. Con su traje y protectores de cuero, parece listo para una fiesta de disfraces.

- Muchachos! Ustedes son la guardia nocturna, tienen que vigilar el Santuario sin dormir.
- C... claro, señor. Nosotros lo sabemos.
- Entonces por qué se quedan dormidos? – continua el muchacho. – Ustedes están muy flojos! No porque últimamente todo está en paz quiere decir que nunca más va a aparecer un enemigo!

Seiya habla con autoridad, como si fuese un sargento comandando su tropa.

- Es por esas y otras cosas es que ustedes nunca dejarán de ser soldados rasos – completa al apartarse del grupo, dejando atrás a los soldados, asustados hasta la ultima hebra de cabellos. – Se bien que esta noche de verano está perfecta para una dormida.

Seiya también está de servicio, pero su vigilancia es solitaria. Fue bastante al azar haber sido escogido para la patrulla nocturna con ese calor. Tal vez hubiese sido mejor aceptar la invitación de Shun, con certeza sería divertido pasear en Atenas. “Pero mirar una pieza de teatro tan vieja? Qué gracia ve Shun en eso?”

Pareciendo olvidarse de la molestia que dieron los soldados hace poco, Seiya suelta un bostezo sosegado y tranquilo. En el cielo, una inmensidad de estrellas.

Este siempre fue el Santuario de Athena.

Los Doce Templos de la bóveda celeste componen un camino empinado alrededor de la montaña rocosa. Son los llamadas Templos Zodiacales: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Ese camino tortuoso lleva a la Sala del Papa y al Templo de Atena, el más sagrado de todos.

El Odeón queda al pie de la montaña, al lado de otras construcciones comunes, como casas y la torre del reloj. Así como ocurre en Delfos, famosa por su oráculo, la ciudad parece erguirse en torno del monumento sagrado. En este mismo espacio conviven diferentes estilos arquitectónicos, algunos de períodos separados por milenios. Las ruinas de edificaciones antiguas son testimonios del uso continuo de esta región a lo largo de muchas y muchas eras. Esta es la Sede de los Santos que defienden la Tierra.

Desde los más antiguos mitos y fábulas, Athena salió siempre vencedora en los combates entre dioses en furia. Todos los relatos dan cuenta de que la diosa guerrera nunca falló en su lucha por la defensa de la paz. Y en ninguna ocasión el Santuario cayó frente a fuerzas maléficas.

Seiya interrumpe abruptamente su caminata vigilante. “Qué sensación es esa?” Un presentimiento desagradable. El joven voltea su mirada en la dirección del observatorio celeste, en la cumbre de la montaña.

- Aaaaahhhhh!

Los gritos cogen a Seiya de sorpresa.

- Pero qué... – alarmado, él sube la escalera lo más rápido que puede, subiendo cuatro o cinco peldaños a cada paso. Un olor penetrante y espeso de sangre hace que contenga su respiración por un instante. El olor es tan fuerte que parece que viniera de su propia boca. - Una rata más – dice una voz viniendo de las sombras, en cuanto son lanzados en dirección a Seiya las pobres victimas responsables de los gritos horripilantes.
- Esos tipos son los...

El primero tiene todos los huesos en pedazos, aparentemente triturados por una fuerza devastadora. El segundo está todo perforado, cada centímetro de su cuerpo atravesado por agujas. El tercero es un cadáver desfigurado, con la piel arrancada como la cáscara de una fruta.

Son los tres guardias que hace poco dormían. Muertos. Soldados de Athena, derrotados en su santuario!

- Quién está ahí! – grita Seiya en dirección de los enemigos, hasta ahora ocultos en las sombras. Solo entonces consigue distinguir a dos de los invasores que osaran manchar de sangre la región sagrada.
- Agrios, la Fuerza Bruta – se presenta con una voz gruesa el gigante de dos metros y medio, tan grande que llega a cubrir las estrellas. - Thoas, el Relámpago Veloz – dice el otro, también alto, pero no como el primero.
- Quirri! Yo soy Pallas, el Espiritu Estupido – la tercera voz es ahogada, y la más aterrorizante de todas. Seiya se paraliza delante de la ultima criatura al ser mostrada por la luz de las estrellas. Se trata de un demonio.

Pallas tiene brazos desproporcionalmente largos y espaldas curvadas como las de los jorobados en fábulas europeas. El torso retorcido está tan doblado para el frente que el rostro minúsculo y esquelético queda a la altura de la cintura de Seiya, haciendo que la criatura dirija su mirada de abajo para arriba. El monstruo parece ejercer una atracción terrible, tal vez por la pasión que los seres humanos tienen por todo lo que es extraño, la misma fascinación que nos atrajo a la Quimera.

- Esa armadura? – balbucea Seiya.
- Son las Adamas! Quirri! El traje de la Gran-Tierra que protege a los Gigas! – responde Pallas, abriendo amenazadoramente los brazos largos como los de una araña.

Es un traje de diamante, que también puede ser llamado “traje de cristal”. Un traje compuesto de polígonos de cristal con un brillo hipnotizante. Seiya percibe que los otros dos invasores visten el mismo traje.

- Los Gigas? – pregunta el muchacho, perplejo. – Qué son los Gigas?

La ignorancia de Seiya al respecto de los Gigas provoca en Agrios una reacción furiosa.

- Athena! Y los santos! Como osan olvidar el nombre de los Gigas?!
- Tranquilo, Agrios.
- Pero, Thoas...!
- Me parece de cierta forma inevitable – continua el segundo gigante. – Nosotros, los Gigas, fuimos aprisionados por Athena en la Gigantomaquia de tiempos antiguos. Imagina cuantas eras recorrió el mundo mientras vagábamos por nuestro cautiverio mortal, en el vacío entre Gaia y el Tártaro. Basta mirar al cielo. Hasta la Estrella Polar cambió de lugar desde que partimos. Innumerosos astros ya extinguieron su llama y se perdieron en el firmamento...
- Quirri! Deja de hacerte el poeta, Thoas – interrumpe Pallas, al mismo tiempo en que apunta sus garras afiladas en dirección de Seiya.

Los dedos del monstruo son absurdamente largos, mucho más grandes que los de una persona, y cada movimiento produce un agudo sonido metálico generado por el roce de unos con otros. El traje de diamante brilla en un aterrorizante tono rojo oscuro, haciendo que la mano de la criatura se asemeje a una araña venenosa.

- Tú usaste esas garras contra ellos! – protesta el muchacho.
- Sabes, la piel de chiquillo es fácil de arrancar! – responde la criatura, soltando entonces un grito maníaco. – Quirri! PUPPET CLAW! (Garra marioneta)

Seiya escapa por poco de la primera embestida de Pallas, que llega a arañar su nariz y cortar algunas hebras de su cabello. Sin la menor chance de recuperarse, el muchacho es casi inmediatamente alcanzado por Agrios, que se lanza contra él como una fiera gigantesca, lanzándolo al aire.

- Ohhhhhhhhh! – el cuerpo de Seiya cae al piso con fuerza. – Qué fuerza increíble tiene ese Ágrios! Y pensar que él solo me rozó...
- Veo que soportaste bien el ataque! Pareces ser un poco menos débil que esos muertos del piso.
- Puedes callarte, grandulón – responde Seiya, en cuanto se levanta con una mirada de desprecio. – Tú no me estás comparando con los soldados rasos, no es así?
- Mono ridículo!
- Seiya! – la discusión es interrumpida por una nueva voz surgiendo en la noche.
- Kiki? Eres tú?

Un muchacho de cabellos cortos y erizados mira a los invasores con una expresión asustada. Debe ser unos cinco años más joven que Seiya. Sus cejas fueron rasuradas, tal vez por algún significado ceremonial, y en su lugar hay un diseño curioso y peculiar.

- Vine porque sentí presencias sospechosas... quienes son esos tipos? – su rostro parece combinar la originalidad de diversos pueblos, pudiendo ser considerado tanto oriental como occidental. En japonés, el nombre Kiki quiere decir “demonio honrado”.

Increíblemente, el muchacho se para en el aire sin ningun apoyo, después de haber surgido de la nada en el cielo.

- Teletransporte? Quirri! Ese enano es paranormal?
- No necesitas decirlo. Seiya, usa mi telequinésis! – grita Kiki, antes que su amigo pueda decir cualquier cosa.

En ese instante, una especie de baúl rompe el espacio, surgiendo en una esfera de luz sobre la cabeza de Seiya. La claridad hace que los Gigas cubran sus ojos ofuscados. Es una caja hecha de bronce, decorada con imágenes de un caballo alado en bajo relieve. De su tapa entreabierta escapa un brillo todavía más fuerte.

Los invasores observan, estupefactos, la aparición en el cielo de una estatua en la forma de un caballo alado, cubierta por un aura flameante de rayos azules y blancos. Un verdadero legado de la era de los mitos... la prueba de la existencia de los Santos. La más poderosa fuente de energía del mundo.

- Pegaso!

Con eso la estatua gana vida y relincha, atendiendo al llamado de Seiya, para luego dividirse en varias partes que se adhieren al cuerpo del joven.

Cabeza. Hombros. Pecho. Brazos. Cinturón. Piernas.

- Haaaa! – el gigantesco cuerpo de Agrios es lanzado contra una montaña, en un impacto tan poderoso que por poco no abre una grieta en la roca. Él tose y presiona su abdomen con fuerza entre sus brazos, intentando impedir que el contenido de su estómago sea regurgitado.
- No es posible! Un golpe invisible?
- No te lo dije, grandulón?

Ni el mejor practicante de lucha o arte marcial, sea Karate, Box o May Thai, es capaz de derrotar en una única embestida a un oponente que tenga el triple de su peso.

Pero Seiya es diferente: él domina la lucha de Athena. Cuando su puño cortó el vacío, pasando bien cerca de la cabeza de Agrios, el movimiento envió una onda de choque – señal de que el golpe fue despedido a una velocidad superior a la del sonido.

El golpe prueba que él es un guerrero escogido por las constelaciones esparcidas por la bóveda celeste.

- Ah, es así? Es así, chiquillo? – Agrios se levanta furioso, expulsando con fuerza el aire de los pulmones. A pesar del ataque él está entero. En verdad, sus músculos parecen haberse expandido y su cuerpo, crecido aún más.
- Tú eres un Santo.
- Seiya! Mi nombre es Seiya, de la Constelación de Pegaso.

Ese es un joven de poder legendario. Su fuerza viene de la estatua de Pegaso, que sale de la caja dorada y se rompe en pedazos para formar una impenetrable armadura protectora.

Las alas del caballo se doblan magistralmente como un abanico, encajándose en sus espaldas. Su cabeza toma la forma de un yelmo y su cuerpo se transforma en un escudo pectoral. Lo que era el cuello del animal ahora cubre el brazo derecho de Seiya, mientras la cola se adhiere al brazo izquierdo y el pecho es un cinturón. Las patas delanteras y traseras se mezclan de forma compleja, protegiendo las piernas del joven de las uñas de los pies hasta los muslos. La polvareda estelar se esparce, brillando en el aire.

El Cloth celestial de Seiya está completo. Es su Cloth agrada permitida apenas a los santos escogidos de Athena.

- Es bueno que ustedes lo sepan – grita el muchacho. – Yo estoy MUY molesto!

La Cloth blanca-azulada de Pegaso provoca en Seiya una explosión de energía.

- PEGASUS RYÛSEI KEN! (Puño Meteoro de Pegaso)
- Cómo?! Los puños se multiplicaron? – se pregunta la bestia mientras rayos de luz se esparcen por todos lados.

De repente un ruido sofocado interrumpe el golpe supersónico del puño de Seiya. El movimiento es contenido por la adamas de Thoas, el relámpago veloz, que hasta entonces se limitaba a observar la lucha.

- Enfría tu cabeza, Agrios. – dice el segundo gigante, colocándose delante de Seiya. – Tú ni percibes como ese ataque es limitado! Qué puños multiplicados ni que nada! A mi me pareció que cada golpe se arrastraba como un caracol.
- Cómo ese tipo puede ser tan veloz...? – Seiya está sorprendido y confundido. Thoas fue capaz de repeler todo el flujo de golpes y aún de atrapar su puño.
- Es verdad que no se debe subestimar el poder de un Santo en su Cloth sagrada – continua Thoas, apretando con más fuerza aún el puño del muchacho. – Tú vas a ver una cosa, chiquillo!
- Quirri! Analiza bien la situación... – provoca Pallas. – Tú piensas que un santo tiene chance contra tres de nosotros?
- Diablos! – Seiya está cercado.

Los tres Gigas comienzan a ejercer una presión invisible que hace que Kiki pierda la concentración y caiga con todo al suelo.

- Autch! Qué fue esa fuerza?! – antes de conseguir recuperarse, el muchacho observa, perplejo, la llegada de un invasor más, que aparece trayendo en los hombros a Yulij de Sextante, desmayada.
- Señorita Yulij?! – reconoce a la muchacha por su cabello plateado y la túnica escarlata de los oficiantes del Santuario, pero ella está inconsciente y no reacciona a la mención de su nombre.

Seiya no entiende por que no detectó de antemano la presencia de este cuarto enemigo. Es realmente difícil de creer. Solamente si tuviese una fuerza avasalladora alguien conseguiría aproximarse a un santo sin ser percibido.

El nuevo invasor desaparece rápido en seguida, rápida y silenciosamente, llevando a Yulij consigo.

- Desapareció! Cómo? – Seiya no sabe que pensar.
- Bueno, ahora Agrios, Pallas, nuestra diversión termina aquí – dice Thoas a sus compañeros. – Se olvidaron de nuestro objetivo original? - Claro!
- Quirrirri... Tienes razón.

Los gigantes recogen sus puños, para gran sorpresa de Seiya.

- Chiquillo... nos veremos otra vez...
- Quirrirri! Escapaste esta vez, pero por poco tiempo.

Agrios y Pallas se cubren nuevamente de sombras y desaparecen en la noche.

Thoas se detiene por unos segundos más.

- Seiya de Pegaso. Vamos a dejar que vivas para que lleves nuestro nombre a Athena. – dice. – Dile a ella que vaya a Sicilia si quiere a la muchacha de vuelta. Nosotros, los Gigas, estaremos allá. Nosotros, la descendencia de los Dioses Antiguos, nacidos de la Gran-Tierra, aprisionados en las profundidades del vacío fantasma.
Con eso la imagen del último invasor penetra en la oscuridad, para sumirse completamente.

- Pero que demonios! Ustedes qué...? – la voz de Seiya hace eco en vano. No hay más señal alguna de los enemigos.

El muchacho parece despertar de una pesadilla. Si no fuese por los cadáveres de los soldados rasos y por el olor hostil dejado por las criaturas, podría jurar que nada de aquello hubiera ocurrido.

- Gigas... de las profundidades del vacío fantasma...?

La sala del Papa queda cerca de la entrada del Templo de Athena, más allá de los Doce Templos Zodiacales. El Maestro es el líder supremo de los Santos, el siervo más importante de Athena.

- La señorita Yulij fue secuestrada? – Shun regresó al Santuario luego de la confusión en el teatro de la Acrópolis, presentándose inmediatamente con su Cloth de Andrómeda. La Cloth tiene un brillo color rosa que recuerda más un vestido de doncella que la armadura de un guerrero. - Diablos! Yo estaba allá y no pude hacer nada! – Seiya cierra los puños, molesto por haber dejado que los enemigos escaparan. Él también está vestido con su Cloth celestial, que es esencialmente un uniforme de combate. El hecho de que los Santos estén usando sus trajes significa que esta es una reunión de guerra. – Usted no está herido, Sr. Nicole?
- Todo está bien conmigo. Fue más un susto, el ataque me cogió de sorpresa.

Así como Shun y Seiya, Nicole es un Santo de Athena.

La sala del Papa está cercada por columnas dóricas y adornada con cortinas. En el centro del recinto hay un relieve más alto, cubierto por un tapete, donde queda el asiento del Maestro. Pero no tiene a nadie sentado ahí.

El cargo de Papa está vacante. Nicole, jefe de los oficiantes, es quien tiene el cuidado de la administración del Santuario.

Usted, lector, sabría decir cuantas constelaciones existen en el cielo? Según los astrónomos, son 88.

Pero ese no es un factor absoluto, científicamente hablando, así como no existe una opinión predominante sobre la descripción de cada constelación. En verdad, el número “88” fue una patronización adoptada por la Unión Astronómica Internacional en su Asamblea General de 1930, y se basa en el modelo del astrónomo clásico Ptolomeo. Esa cuenta “oficial” mantiene aquello que ya era conocido por las civilizaciones antiguas, al mismo tiempo en que aumenta las descubiertas más recientemente, especialmente en lo que dice respecto a las constelaciones meridionales.

De cualquier forma, no tiene mucho sentido usar ese dato para contar la historia de las Cloths, una tradición que se remonta a la Era de los Dioses.

Una persona se vuelve un Santo al ser escogido como representante de una constelación específica. Todo el tiempo, esos guerreros enfrentan batallas mortales para proteger nuestro mundo del Mal. Cuando su propia fuerza no es suficiente, ellos recurren a la Gracia Divina, a través de sus Cloths sagradas – por eso cada Santo tiene su propia constelación tutelar, sea ella Boreal, Austral o Zodiacal (teóricamente serían 24, 48 y 12 de cada tipo, respectivamente).

Existen tres graduaciones entre los Santos: Oro, Plata y Bronce.

Los Santos de Oro están encima de todos los otros y son representados por los Doce Templos Zodiacales – las constelaciones de la astrología, que también representas los signos, como Aries, Tauro y Géminis. Los Santos de Plata son los próximos en la orden jerárquica, seguidos de los Santos de Bronce. Todavía más abajo están los soldados rasos.

El Maestro es responsable por el comando de todos esos niveles – por tanto es siempre un Santo de Oro, generalmente escogido por su antecesor en el cargo. Ya los oficiales pueden ser Santos de Plata o de Bronce. Sus responsabilidades incluyen prever la trayectoria de las estrellas, monitorear señales de actividad maligna, registrar la historia y transmitir el legado de los secretos místicos del Santuario para las generaciones futuras.

Algunos creen que existen 24 Santos de Bronce y 48 Santos de Plata, pero, con excepción de los doce Santos de Oro, no se sabe exactamente cuantos son los guerreros de cada estirpe. Aparentemente ni siquiera los Maestros conocen el número total de Cloths sagradas existentes.

El historial del Santuario, cuyos datos son relativamente nuevos, tampoco ofrece una respuesta exacta. Según un relato reciente, la cantidad máxima posible de Guerreros Sagrados sería 78. En otro registro, ese número varía a 88. Hay quien diga que los astrónomos se basaron de alguna forma indirecta en esa anotación para establecer la cuenta “oficial” de constelaciones, pero no existen pruebas. Además de eso, esas teorías se contradicen: por ejemplo, se sabe que existió hasta muy poco tiempo atrás un Santo de Cerberos, pero esa constelación no está en la lista “oficial” de los astrónomos. El único punto en común entre las diferentes versiones es la creencia de que en ningún momento todos los trajes fueron usados simultáneamente.

Tampoco podemos olvidarnos de que el universo no es algo estático. El mapa celeste está en constante transformación: muchas estrellas se incendian y se pierden como Novas, e incluso la Estrella Polar permanece inmóvil un período de millones, o miles de millones, de años.

Todas las personas nacen y mueren bajo el destino de las estrellas. El firmamento y el mundo en que vivimos se reflejan el uno al otro. Si el mundo cambia, cambian las estrellas y su diseño en el cielo, o sea, cambian las constelaciones que determinan los trajes sagrados. Con eso, la propia naturaleza de los trjes de los Santos es mutante, y los Guerreros Sagrados saben de eso.

A pesar de todo eso, el número “88” se tornó la respuesta patrón para la cantidad de constelaciones y Santos existentes. Pero, en los días de hoy, período en que ocurre nuestra historia, no existe ni siquiera la mitad de esos guerreros con Athena en la Tierra.

- Por lo que Seiya está diciendo, puede haber una relación entre la persona que me atacó en el teatro y los invasores que secuestraron a Yulij – dice Nicole, que todavía siente algún dolor y por eso una que otra vez comprime los músculos del rostro.
- Pero usted es un Santo de Plata, como quedó en desventaja?
- Seiya, no sé que decir – Nicole todavía está confundido y avergonzado. – Lo siento mucho... por Yulij también.

Yulij es un Santo Femenino de Bronce, equiparándose a Shun en jerarquía y poder de combate, aun siendo mujer. Como demostrado en el golpe que Seiya acertó en Agrios, la esencia divina de las técnicas de lucha de los Guerreros Sagrados no tiene relación alguna con fuerza bruta o capacidad muscular.

- Qué está ocurriendo? Cuál es el objetivo de esos enemigos?
- Por lo menos nada le ocurrió a nuestra Athena. Felizmente.
- Cómo puede usted decir la palabra “felizmente” en un momento como este, Nicole? – La voz suave inunda la sala con una carga de afecto y bondad.

Las cortinas se abren, revelando la figura de una muchacha. Es la diosa de la guerra y la sabiduría. La eterna virgen.

Zeus, dios de los cielos; Poseidón, señor de los mares; Hades, amo del infierno. Athena, protectora de la tierra – con poder equiparado al de esas tres entidades supremas.

- Athena – Nicole dobla la rodilla en una reverencia que se acostumbró hace mucho a hacer.
- No se puede hablar de algo “feliz” cuando la vida de uno de mis amados Santos está en peligro. – continua Athena, manteniendo una postura altiva.

La figura femenina de la diosa es de una belleza singular. Aparenta más o menos la misma edad de Seiya y Shun, tiene largos cabellos hasta la altura de la cintura y viste un gracioso vestido blanco. No es nada diferente de una muchacha común, incluso considerando su extraordinaria belleza.

- Fueron palabras impensadas. Perdóneme, Athena – se disculpa Nicole, curvándose aún más.
- No se culpe. Por favor, levante la cabeza.

La diosa transmite su autoridad en el modo como extiende la mano a Nicole, un hombre aparentemente mucho más viejo que ella (lo que no podría estar más distante de la realidad, como sabemos).

- Los Gigas...
- Si, ya lo sé. – Su voz envolvente también transmite una característica divina, manifestando su voluntad de diosa a cada palabra pronunciada. Después de todo, la joven es la propia Athena, la encarnación de esa divinidad en los días de hoy.
- Quienes son esos tales Gigas?
- Son los gigantes de las fábulas griegas, Seiya – responde Nicole.
- Ah... Fábulas...
- Cualquier día ven conmigo hasta la biblioteca para aprender la historia de la creación del cielo y de la tierra.
- Aaaa... creo que no se va a poder – responde Seiya, tocando su propio rostro en un gesto medio incómodo.
- Los Gigas son el propio origen etimológico de la palabra “gigante” – explica Nicole con su paciencia inigualable.
- Gigantes como los de las historias para niños? Bien, los tipos que vinieron aquí son grandes, pero decir que son gigantes es exageración.
- Déjame contar la historia de los Gigas – continua Nicole, como si fuese un profesor. – Esta comienza en la antigua Era de los Dioses, algún tiempo después del surgimiento de los Santos y de su primera lucha, la batalla contra el ejército de Poseidón, trabada en las tierras de Ática.

En la sala ahora se oye apenas la voz de Nicole, mientras los otros escuchan con atención.

- Fue en esa época que los Gigas declararon la guerra contra los Santos, con el objetivo de dominar el mundo. Esos antiguos dioses malignos eran diferentes de las entidades olímpicas como Poseidón y Hades. Se llamaban a sí mismos “Hijos de la Gran-Tierra” y se protegían con armaduras de Adamas, material todavía más resistente que el Orichalcum. Eran seres dotados de una fuerza avasalladora, y la batalla entre ellos y los Santos tuvo proporciones épicas. Nuestra victoria fue conquistada a un alto precio, y apenas gracias a la presencia de la propia Athena en los campos de batalla. Casi ningún Santo sobrevivió.
- No consigo imaginar una guerra tan difícil.
- Incluso habiendo salido vencedora, Athena no pudo destruir a los seres malignos, que eran dioses, por tanto, inmortales. Ella no tuvo opción sino exiliarlos a las profundidades más allá del Tártaro, para que su voluntad diabólica jamás invadiese Gaia nuevamente. Esa es la historia de la Gigantomaquia.
- Gigantomaquia?
- Es el nombre de la guerra contra los Gigas en la mitología – responde Nicole, solemnemente. – Según el historiador griego Apolodoro, durante la Gigantomaquia, Athena lanzó sobre los Gigas el Monte Etna, que queda en Sicília, para aprisionarlos.
- Pera ahí, usted dijo Sicília? – pregunta Seiya. – Athena... los invasores del Santuario, esos Gigas de los que están hablando, ellos dijeron que estaban llevando a Yulij para Sicília.
- Pero no entiendo – en este momento, la voz de la diosa carga el peso de su dolor por lo que puede estar pasando Yulij. – Por qué no me atacaron directamente?
- Estamos todos preocupados por la seguridad de Yulij, pero, antes que nada, necesitamos descubrir por qué los Gigas están de vuelta justo ahora, ellos que estaban aprisionados desde tiempos inmemoriales.
- Vamos hasta Sicília – dice Athena en un tono súbitamente confiante.
- Usted quiere ir personalmente, diosa?! Nunca permitiríamos una cosa de esas.
- Nicole... – la voz de la joven desborda compasión. – Estoy feliz de que se preocupe por mi, pero no puedo abandonar a mis Santos. Que tipo de madre abandonaría a sus hijos?

La imagen de la muchacha refiriéndose a los Guerreros Sagrados como sus hijos es muy poética, y demuestra su inigualable determinación en protegerlos. Una diosa dispuesta a luchar por aquellos a quienes ama.

- Y lo siguiente...! – el tono más alto de Seiya interrumpe el momento solemne. – Todavía no entendí que hacen esos Gigas ahí, pero no me da por quedarme sentado aquí sabiendo exactamente donde esos tipos están. Yo voy hasta allá!
- Yo también – concuerda Shun.

Todavía temiendo por la seguridad de Athena, Nicole decide tomar las riendas de la situación, usando su autoridad como Papa temporal.

- Entonces van los dos – y con eso la misión es oficialmente transferida a Seiya y Shun, que aceptan con vigor. – El primer paso es investigar las fuerzas enemigas – añade Nicole. – Solo entonces someteremos la decisión al juicio de Athena.
- Pero...
- Ya todo está decidido y providenciado, señora. – completa, ignorando la tentativa de protesta de la diosa.
- Llegué!!!!!! – una voz estridente de afuera. Kiki se une a los otros en la Sala del Maestro.
- Buen trabajo, Kiki.
- Vaya, señor Nicole, usted gusta de abusar de la gente, eh? – dice el muchacho en su tono infantil y animado. – Está bien que Sicília queda a meros 800 kilómetros de aquí, pero dio un trabajo cansado atravesar dos veces el Mar Jónico y la Península Italiana!
- Ya fuiste y volviste de Sicília, Kiki?
- Pues claro! – Kiki da un guiño a Seiya.
- Pareces estar muy bien – dice Nicole, sonriendo. – Tienes energía de sobra para reclamar...

El teletransporte provoca un enorme cansancio espiritual, especialmente en una jornada de ida y vuelta sin descanso como esa.

- Le pedí a Kiki que trajera un guía de allá – explica Nicole.
- Y voy a decir una cosa, teletransportar a alguien cansa dos veces más! – Kiki no deja de jadear, sentándose en el piso. – No, cansa cuatro veces más!
- Un guía? – Seiya todavía está bastante confundido.
- Ustedes van a necesitar de alguien para mostrarles el camino. – la respuesta es dada por una nueva voz. – Sicília es la más grande isla del Mediterráneo. No quieres quedar perdido por allá, eh, Seiya?

El muchacho recién llegado habla con ironía y da una palmada en el hombro de Seiya, demostrando intimidad. Pero el Santo de Pegaso parece no tener la menor idea de quien se trata. El “extraño” es unos 10 centímetros más alto que él y aparenta ser dos o tres años más viejo. Tiene un tatuaje en el brazo y usa ropas desgarradas que podrían pertenecer a un chico de la calle. Su cabello largo y teñido de plateado está peinado para atrás, haciendo que su apariencia recuerde a la de un lobo.

- Quién eres tú?
- Ja! Ja! No pongas esa cara fea! Sigues igualito a cuando eras mocoso, vienes queriendo arreglar los daños de tu cara por tantas peleas. – El joven bromea sobre Seiya en un tono amigable y nítidamente nostálgico.
- Cuando yo era mocoso...? Hey, tú eres Mei!

La constatación hace que Seiya, Shun y hasta Athena vuelvan en el tiempo por algunos instantes. La presencia del amigo de la infancia trae recuerdos antiguos que iluminan y transforman el rostro de todos. La encarnación de la diosa, tan imponente hasta hace poco, parece cambiarse a la muchachita de pocos años atrás.

- Eres tú mismo, Mei?
- Continuas siendo el mismo, Seiya. Y tú, Shun, vaya, como eras llorón! Y... – el joven de cabellos plateados queda más serio al voltear en dirección de Athena. – Es un enorme placer reencontrarla, Señorita Saori.


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